September 19, 2008 Una mujer va conduciendo por una carretera oscura y llena de curvas. De vez en cuando mira de reojo el manuscrito que está sobre el asiento de al lado, como para cerciorarse de que está a buen recaudo. Ella sabe que la vida de alguien depende de eso. Llega hasta la entrada de una marina y estaciona el auto. Se baja con el manuscrito apretado contra su pecho y da varios pasos sobre el muelle de madera. Sólo la ilumina la luz de la luna. De pronto, escucha una voz a sus espaldas.
"Entrégame el manuscrito, Verónica"
Ella se vuelve de inmediato. Lo reconoce, es Pablo. Da un paso hacia él. Va a entregárselo, cuando del otro lado del muelle, justo detrás de ella, escucha otra voz.
"No, Cecilia. No se lo entregues a él... Dámelo a mí. De lo contrario moriré..."
Totalmente confundida, la mujer se vuelve y ve la figura de Rodolfo al final del muelle. Aguza la vista y comprueba que un puntito de luz roja describe pequeños círculos sobre el pecho de Rodolfo. Alguien le apunta para matarlo. Se queda paralizada. De nuevo, Pablo vuelve a hablarle. Ella se voltea y descubre horrorizada que en el pecho de Pablo también brilla otro puntito rojo.
"Verónica, si se lo entregas a él, entonces moriré yo... Tienes que decidirte ahora... Yo soy tus sueños..."
"Y yo tu amor..." ¡Escoge!
En ese momento, ella comprende que ha llegado al límite. Tiene que decidirse. Ella sabe que, cualquiera que sea su decisión, su vida va a cambiar para siempre. Se queda indecisa por varios segundos. Instintivamente se mira hacia el pecho y comprueba que el puntito rojo también se desliza mortalmente sobre su corazón. De pronto, sin que nadie lo espere, salta al mar y se hunde en el agua hasta tocar el fondo. Todo es silencio hasta que recapacita y sale a la superficie. Nada con todas sus fuerzas hacia la orilla. Luego corre hasta el auto y escapa. Detrás quedan dos hombres desconcertados al ver el manuscrito, flotando sobre el agua. Las letras negras del título brillando fosforescentes bajo la luz de la luna...
cecilia
September 8, 2008 Es la terraza de un restaurante en Egipto, a orillas del río Nilo. Es de noche y el aire está impregnado de olor a flores y a mirra. El fuego de las antorchas y las velas iluminan el sitio levemente. Hay pocos comensales. Hablan en susurro y sus cuerpos parecen siluetas en la semipenumbra. Comienza la música. Aparece ella, con un sujetador bordado con cuentas doradas, un pantalón tipo harén, ceñido a la cadera con un cinto de monedas de oro y un velo cubriéndole la mitad del rostro. Está bellísima. Comienza a bailar. Va acercándose a la última mesa donde un hombre solitario es apenas su propio contorno. Ella gira con movimientos sensuales, suaves y fluidos. Por momentos parece que su cuerpo se disocia y sus caderas se mueven ajenas a sus brazos y su cintura. Al fin llega junto a él envuelta en el tintineo de las monedas de su cinto. Primero gira y se ondula, demostrándole su tristeza. El hombre misterioso la mira y ella adivina su sonrisa. Entonces vibra llena de alegría y hace olas con su pecho y su vientre como una serpiente. Hace un giro y se inclina para hablarle al oído mientras le acaricia los hombros con sus manos.
"¿No me reconoces?"
"¿Tú...? ¿Y qué haces aquí?"
Ella sonríe y se aleja un poco. Sigue bailando. Vuelve a girar y hace sonar los platillos diminutos que lleva anudados en los dedos del medio y el pulgar con una gracia increíble. Vuelve a acercarse al hombre.
"Te esperaba..."
"Vengo de muy lejos con una misión... Me dijeron que me sentara en la última mesa del restaurante y que alguien vendría y... ¿Acaso eres tu...?
"Sí. Yo soy la que te revelará el misterio... Voy a decirte quién es Verónica... Te espero en el muelle, a la orilla del río..."
Ella se aleja, bailando entre las mesas, hasta que la música concluye. Entonces desaparece. El hombre misterioso se pone de pie y la sigue discretamente. Cuando el hombre llega al muelle, la bailarina lo espera con el rostro aún cubierto por el velo de gasa. Una vez que lo tiene frente a frente, ella deja caer el velo.
"Yo soy Verónica..."
A la luz de la luna, los ojos de la mujer brillan intensamente. El corazón le late con fuerza esperando su reacción. Su vida está en juego. Ambos se quedan inmóviles por varios segundos hasta que él da un paso hacia ella, muy serio. Sobresaltada, ella le pregunta:
"¿Me vas a perdonar?"
"No, no te voy a perdonar..."
En ese momento, el hombre se le acerca aún más y la toma por la cintura.
"Te voy a amar... Aquí mismo, bajo la luna"
El hombre la estrecha contra su cuerpo y comienza a besarla con pasión. Entre beso y beso, la joven ríe. Es la felicidad de comprobar que él la ama Sí, él nunca dejará de amarla...
cecilia
September 4, 2008 En una terraza solitaria de un lugar cerca del mar, una mujer se sienta al borde de una fuente, acompañada sólo por sus pensamientos y el murmullo del agua, convertida en espuma, que cae a sus espaldas, De pronto, se acerca un auto muy familiar... Un auto que llena de destellos multicolores la noche. Se acerca despacio, haciendo cada vez más audible el sonido de una música suave y romántica que lo envuelve, hasta que se detiene muy cerca de ella. La noche se llena de magia y ella presiente en el aire la inminencia del amor. Se abre la puerta del auto, y desciende el hombre al que ella le entregó un día su corazón y sus sueños...
Se pone de pie. Está indecisa. El trae el rostro grave y ella no alcanza a entender la causa de su seriedad. Cuando al fin él se detiene frente a ella y la mira a los ojos, ella lo comprende todo... Se abrazan y basta sólo un beso para que hable el amor... ¡Está tan feliz...! El la ama... Y entre ellos ya no hay secretos.
En un arranque de alegría, entran juntos a la fuente – ella dejando que el agua cristalina empape su vestido y le acaricie el cuerpo. Se besan con pasión, y juegan como dos niños enamorados... con los suspiros de la cascada de la fuente, que ahora parece reír ante el éxtasis de tanta felicidad... Una gaviota desvelada llega desde la orilla de la playa y se posa a sus pies...
Ella vuelve a la realidad... Está triste, sentada en el borde de una fuente, en la terraza solitaria de un lugar cerca del mar...
cecilia
September 2, 2008 En una galería de arte a la orilla del mar, una joven observa la foto de una mujer solitaria que mira hacia un punto indefinido. La mira, ensimismada en la soledad y la tristeza de la mujer del cuadro. Un hombre se le acerca por detrás y le susurra al oído:
"No tienes por qué sentirte tan sola como ella... Yo estoy aquí para acompañarte..."
La joven, tomada por sorpresa, se voltea y se queda sorprendida al comprobar que aquel hombre no es otro que Pablo Roque, el famoso escritor. Los ojos de Pablo la miran con una extraña fuerza. Aquella mirada la recorre por dentro y llega hasta sus más secretos sentimientos. Ella se siente vulnerable, indefensa.
"Soy una mujer casada"
"Lo sé. La pregunta es si eres feliz..."
"¿Feliz?"
"... Puedo enseñarte el secreto... Porque lo mereces. Sobre todo, en una noche como esta, llena de estrellas y sorpresas... Una noche perfecta para el amor..."
Se acerca. Ella quiere huir pero a la vez está hipnotizada por la mirada de aquel hombre que parece conocer sus sentimientos. Ella cierra los ojos por unos instantes. Vuelve a abrirlos. Está sola. Entonces lo comprende todo. Pablo no está a su lado. Está en la foto, junto a la mujer que mira al horizonte. Están tomados de la mano. Y esa otra mujer ya no está tan triste...
cecilia
September 1, 2008 ...1-2-3...y de repente, la música llenó el salón...cuando sintió que unos brazos la tomaron por la cintura. Desaparecieron las luces, los músicos, la gente...eran sólo ellos, perdidos en un lugar mágico.
Era un baile de máscaras. Ella había llegado a este sitio sintiéndose sola, triste... cuando el hombre del antifaz negro la invitó a bailar. Sin esperar una respuesta, el la había tomado por la cintura, llevándola a la pista de baile. Aquellas manos expertas la condujeron al compás de la música, con una pasión que rinde las ansias. Todos en el gran salón se apartaron, mirando en silencio aquel espectáculo. Poco a poco, los demás se despojaron de sus máscaras -- algunos con cara de asombro, otros de envidia, y otros de sincera admiración. Su vestido volaba como una mariposa... y con cada vuelta, ella se fue hundiendo en un frenesí ardiente y desconocido. De repente, silencio. Sus rostros muy cerca, sus labios casi rozándose. Ella sintió su respiración acelerada... y en un susurro, pregunta:
"¿Quién eres?"
El se retira el antifaz y le responde, mirándole a los ojos.